En Freemium, José Mendiola opina sobre la situación actual del mundo de la tecnología
Tras una ducha rápida y el desayuno, uno arranca la jornada laboral con un necesario café, seguido de otro a media mañana o el hábito que tenga cada cual. Al terminal el día es posible que tomemos una cerveza con los amigos o cualquier tapa si nos da el punto. Entre una cosa y otra es fácil que nos dejemos unos cuantos euros en una jornada normal. O al menos uno en un café. Asumimos esto como normal: un gasto que ya hemos asimilado y que no nos escandaliza. Son pequeños desembolsos, minucias, que no van a ningún lado y que entendemos como normales.

Sin embargo, por alguna extraña razón, pagar un euro al año por un servicio que empleamos a diario, y muchas veces al cabo de la jornada, nos indigna y nos solivianta. Se trata de un extraño caso de valor percibido, un término muy utilizado en marketing. ¿Cuánto nos ofrece un servicio por el que pagamos una cantidad determinada? En el caso del mencionado café, para una experiencia de unos pocos minutos nos parece adecuado pasar del euro, pero cuando se trata de un servicio que nos reporta un gran valor añadido y nos plantean pagar un euro al año no indignamos. Hablamos lógicamente de WhatsApp.
Realmente la convulsión arrancó en marzo de este mismo año, cuando los creadores del conocido sistema de mensajería anunciaron que su producto dejaba de ser gratuito en Android para pasar a ser de pago. En realidad, la cantidad era tan testimonial que resultaba hasta irrisoria: 0,89 euros al año. Pero algo había cambiado definitivamente: se trataba de la percepción de un producto que dejaba de ser gratuito. La indignación se extendió por la red y algunos con sentido común recordaban que la cantidad era insignificante. Por otro lado, hay que recordar que WhatsApp dinamitó otro servicio por el que sí estábamos pagan dinero, y bastante más que el valor de suscripción propuesto: el SMS. Y cuando ya estábamos asumiendo el cambio, la firma ha anunciado que el servicio será también de suscripción en el iPhone para las nuevas altas.

De nuevo, los ánimos soliviantados, aunque en este caso había un argumento adicional para los indignados por la maniobra: WhatsApp siempre había sido de pago en iOS, y de hecho, esta era hasta la fecha la única fuente de ingresos reconocida a la exitosa firma. Dicho de otra manera, los dueños del iPhone que se descarguen la aplicación por primera vez podrán descargarla de forma gratuita, contando con el sea coste cero durante el primer año, para luego pagar una suscripción al coste testimonial apuntado. Inaceptable para algunos. Y por si todo esto fuera poco, un emergente servicio, LINE, había irrumpido con fuerza ofreciendo en esencia lo mismo que WhatsApp, pero añadiendo ingredientes que aportaban todavía más valor añadido como las llamadas VoIP o las célebres stickers.
Ahora que mencionamos a LINE, el asunto es curioso porque podemos ver enfrentados a dos modelos de negocio en estado puro: por un lado el que plantea WhatsApp, mediante la venta de la app pura y dura (modelo que muchos aprecian ya como superado) y posteriormente la suscripción, o el de LINE, que opta por obtener ingresos mediante la venta de servicios añadidos, en este caso, las stickers. En este sentido, llama la atención cómo la veterana de la mensajería ha dado este paso precisamente cuando LINE está pegando fuerte: un gesto de arrojo con el que parece mostrar que no se siente acosada por el empuje de los japoneses. Y no les falta motivos: WhatsApp sigue gobernando con mano de hierro en mercados clave como el europeo, y manteniendo el control sobre los servicios ofrecidos: poco pero que funcione bien.

Y volvemos al café. Pagamos diariamente una cantidad semejante o superior pero nos ofende desprendernos de tan solo un euro al año por un servicio que nos aporta tanto valor añadido. La reflexión es obligada y sería interesante averiguar qué mecanismos psicológicos despiertan tan paradójica situación. Pero en medio de esta tormenta, hay que recordar algo que un servidor siempre ha tenido presente: detrás de cada app hay una persona o equipo que se ha esforzado dedicando horas por ofrecer algo de lo que nosotros nos beneficiamos. Es justo por su parte solicitar una contraprestación por ello, y egoístamente, al usuario le conviene que esta rueda siga girando: si los desarrolladores de apps ganan dinero, serán cada vez más y más sofisticadas las que tengamos al alcance los dedos. Y por un euro.

[Más información: TechCrunch, Forbes]

En Freemium se expresa la opinión personal del autor. Engadget no se responsabiliza ni supervisa los puntos de vista vertidos en estos artículos

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Freemium: WhatsApp, o cuando 1 euro al año nos indigna
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